Ojo Blindado
Omar Ali villca
Fiesta de Viernes
Tres meses después de cambiarme a mi
nuevo apartamento, mi vecino, que me alquilaba el mismo, se ganó la lotería.
Siempre me pareció una buena persona. Se llamaba Gabriel, a secas, como me
pidió que lo llamara. Acababa de cumplir cuarenta y no trabajaba, vivía de
algunas rentas. Con la noticia de que había ganado la lotería vi rondar la casa
a varias personas que nunca había visto. Familiares y amigos que tenía tiempo
de no ver se aparecían por su casa. Sin embargo, nadie le sacó dinero porque él
tenía sus propios planes.
Cuando yo llegué para ver el apartamento me invitó a
una cerveza que acepté encantado porque hacía calor, al tiempo que veíamos en
la tele un partido de la
Champions League. Después de hacer el papeleo, pagar el
depósito y darme la llave, me dijo que si yo no hubiera aceptado la cerveza me
hubiera mandado a la mierda. Este país está mal porque la gente no se sienta a
tomar una cerveza tranquilamente. Mientras la gente se toma una cerveza y ve un
partido de fútbol, afirmaba, no puede estar chingando a nadie.
Gabriel no era realmente un borracho, era un bebedor
por placer. No recuerdo haberlo visto con resaca y rara vez se terminaba emborrachando.
Por las mañanas salía en su bicicleta a dar vueltas y a veces no aparecía sino
hasta el mediodía. Con el problema financiero resuelto, me dijo una vez, sólo
falta no malgastar el dinero. No pude menos que estar de acuerdo.
Cuando yo llegué al vecindario su esposa lo acaba de
dejar. La mujer no pudo soportar que el tipo no tuviera ambiciones, que no
trabajara, que no aspirara a más. Pero también se había ido porque se había
conseguido un amante. Eso me lo contó la señora de la tienda. Gabriel no
hablaba del tema, y yo prudentemente nunca hice ningún comentario.
Al la semana de haber cambiado el dinero de la
lotería, Gabriel organizó una primera fiesta un viernes por la noche. Pidió
cerveza y comida, contrató a una discoteca e invitó a sus amigos, familia y
algunos vecinos, entre los que me contaba yo. Sin conocer a nadie en la fiesta,
después de un par de cervezas, de repente me vi conversando de fútbol en una
amena rueda. En esa rueda estaba una mujer, Alicia, quien despertó mi interés
porque le iba al equipo contrario al mío. También porque tenía veinte años, era
guapa y tenía dos bellas piernas. Era una persona alegre, bromista, con ese
especial acento salvadoreño que invita a la alegría.
Me hice amigo de Alicia al instante y poco tiempo
después ya éramos amantes. Llegaba todos los viernes a las fiestas de Gabriel.
En una de tantas reuniones, ya borracho, terminé hasta cantándole en un
portugués lamentable unas canciones brasileñas de las que no sé cómo me
acordaba de la letra. El viernes fue el día más deseado en esa época.
De vez en cuando a esas fiestas llegaban prostitutas.
Gabriel las escogía de entre sus muy variadas amistades. No supe en ese tiempo
si alguna estuvo a sueldo por ahí, pero es más que probable. Afuera, a veces,
había uno o dos tipos fumando en actitud desafiante, esperando. Luego salía una
de las mujeres y se iban juntos en su carro. Sólo probé una de esas mujeres una
vez que no llegó Alicia, porque estaba peleando conmigo.
—¿Te acostaste con una de esas putas de
las fiestas del Gabriel?
—No nena, estuve un rato, pero todo era aburrido sin vos.
—No nena, estuve un rato, pero todo era aburrido sin vos.
Fueron seis meses de parrandas todos los viernes, a
veces los sábados, hasta que la mujer de Gabriel reapareció. Estuvo en la casa
un par de semanas. Los viernes llegaba la gente de siempre, pero el mismo
Gabriel les decía que no iba a haber nada. Había regresado la Susan , les decía a todos.
Algunos, sus más viejos amigos, lo entendían todo. Los demás se encogían de
hombros, y cabizbajos, se iban de regreso a sus casas o a buscar algún bar.
Alicia y yo fuimos a un par de discotecas y terminábamos en mi apartamento.
Pero así como Susan regresó, así se volvió a ir. Y
regresaron las fiestas, ahora con más furia.
Empezó a llegar más gente y las fiestas ahora las
solían animar grupos profesionales en vivo. Había más alcohol. Llegaba gente
desconocida, que había sido invitada por el pariente de un amigo del invitado.
Sin embargo, nunca hubo ningún incidente que lamentar, toda la gente que
llegaba era pacífica.
Con Alicia bailábamos hasta la madrugada, aunque de
vez en cuando en lugar de fiesta me hacía ir al cine con ella para ver
películas románticas. Ella estudiaba en la universidad así que llegaba al
apartamento a estudiar uno o dos días a la semana y se quedaba. Fue un poco
como si hubiésemos vivido juntos, como si hubiéramos estado medio casados, pero
no.
Gabriel casi siempre estaba con una mujer diferente
los viernes. Fueron otros cinco meses de fiestas, ahora más bulliciosas y
alegres. El grupo de las fiestas más tranquilas cambió un poco. El anfitrión,
sin embargo, no cayó en el alcoholismo y siempre por las mañana su semblante
era afable y tranquilo, siempre sin resaca. El comité de vecinos lo empezó a
visitar y a preguntar por sus ahora más alegres fiestas. Las que más se oponían
eran la secretaria y la tesorera del comité. Sus maridos habían sido vistos muy
contentos con las mujeres que llegaban con Gabriel. Sin embargo, el presidente
del comité era muy amigo de Gabriel y habitual en las fiestas, así que no pasó
a más.
El único incidente que merece contarse fue cuando una
vez un tipo, de los desconocidos que llegaban invitados por terceros, sacó su
revólver y disparó al aire. Viendo que había asustado a todos, bajó el arma
pero sin soltarla y todavía con el dedo en el gatillo. Por pura torpeza de
borracho se le salió un tiro mientras trataba de calmar a la gente. El tiro
entró por una de las ventanas de la casa pero no hirió a nadie. Ahí acabó la
fiesta ese día, con el borracho llorando y pidiendo perdón.
—Te ahuevaste verdá —me dijo Alicia riéndose al día
siguiente—. Tenías que haber visto tu cara.
—Pero sólo fue por vos nena.
—Ja.
—Pero sólo fue por vos nena.
—Ja.
Un día, sin embargo, reapareció la Susan , un sábado. Esta vez
con todas sus maletas. Entró muy temprano de la mañana. Esa vez la fiesta había
durado más de lo habitual y habían todavía invitados y no tan invitados
bebiendo alcohol y platicando. La casa era un tiradero. Gabriel dormía. Sin
decir nada, Susan entró con sus maletas y las fue a dejar a uno de los
dormitorios. Después despertó a Gabriel, quien junto a ella invitó amablemente
a los presentes a retirarse a sus casas. Una vez los invitados se fueron, entre
los que yo me incluía, la pareja se quedó limpiando la casa. No hubo gritos,
reclamos, ni palabras de reproche.
Como era de esperarse, llegada la Susan se acabaron las
fiestas de viernes. Algunos siguieron llegando, pero se iban de regreso a sus
casas. La Susan
volvió, les decía.
Alicia, por su parte, terminó sus estudios y se
regresó a su casa. Prometió volver. Cuando no llamó ni se comunicó en varios
días, me dejé ir a Santa Cruz . Alguna vez vi su documento de identidad y
recordaba la colonia donde vivía, así que fui a buscarla y pregunté a los
vecinos hasta dar con la casa. Para qué viniste, me dijo, yo sólo te quise en
ver y ya se acabó. Me cerró la puerta en la cara. Desesperado, le envié
mensajes por teléfono, email, facebook, twitter, por todos lados. Le hablé a
sus amigas del facebook, a su mamá, a su hermano. Nunca respondió y con el
tiempo, la desesperación se fue diluyendo.
Surgió la oportunidad de otro empleo en el interior
del país y la acepté. Fui a hablar con Gabriel para despedirme y pagar lo que
debiera. Me invitó a tomar una cerveza en el jardín. Su mujer no estaba.
—La Susan regresó a tiempo —dijo después de dar un sorbo de la botella—. De
no ser por ella, me hubiera acabado todo el dinero de la lotería.
—Salud por eso —respondí.
—Salud.
—Salud por eso —respondí.
—Salud.
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